Primera comunión



El día de mi primera comunión aunque fue bastante odioso, había un amontonamiento de gente en la iglesia que se agolpaba para sacar fotos a sus hijos, ojerosos del sueño, que en una fila iban pasando delante del sacerdote para recibir la ostia en sus bocas. Decían en catequesis que la ostia es el cuerpo de Cristo sacramentado, para mí tenía gusto a harina no a carne ni sangre y se me pegaba en el paladar. Sentía desesperación por sacármela y tenía que hacerlo disimuladamente con los dedos en la boca. Sin que nadie me viera porque vaya a saber que pensaran los que viesen como intentaba despegarme el cuerpo de Cristo que me empezaba a dar asco. Decían también que la sangre de cristo era el vino, pero solamente el cura podía beber del cáliz como un vampiro sediento con profundos tragos. Nunca entendí las oraciones que debíamos realizar una vez recibido el sacramento, arrodillados en el banco de la iglesia, ni por cuanto tiempo debíamos estar así. Entonces, yo hacía todo lo que los demás hacían y mi mente no recitaba ninguna oración sólo estaba concentrada en el movimiento de los otros para no equivocarme. Tenía terror de equivocarme y de que Dios que todo lo sabía y podía escuchar mis pensamientos, me castigara por ello.
Las memorias de mi niñez son muy fuertes, hasta el día de hoy a mis 33 años sueño con las horas que pasé en el colegio católico y puedo decir que a pesar de mis cuestionamientos existenciales, fueron las más felices de mi vida. En ese lugar abrí los ojos al conocimiento del mundo, al aprender a leer y a escribir, algo que me abrió una puerta a un refugio personal inextinguible.
En los momentos del recreo adoraba atravesar la biblioteca y preguntarme qué tendrían esos libros grandes y viejos del colegio que nunca se tocaban. Estaban ahí en los estantes como reliquias ancestrales. La biblioteca estaba de paso a la puerta de la capilla. El lugar más silencioso, para mí la paz para mi corazón atribulado.
Entraba a ese recinto y primero me acercaba a tocar al ángel de la guarda y hacerle la oración que me habían enseñado: “Ángel de la guarda de mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María”. La misma que recitábamos todas las tardes antes de retirarnos a casa y salir en orden todos formados en filas hasta la vereda de calle. En segundo lugar, me acercaba a San Roque y lo miraba con su perrito entre las piernas sin entender por qué tenía un rostro tan feo que me provocaba miedo, sus ojos se blanqueaban mirando hacia arriba. La impresión que me daba me hacía mirarlo y huir hasta donde estaba nuestro señor Jesucristo que pendía de la cruz, con su cuerpo desnudo y lánguido. Pero su mirada era tan dulce y tierna que podía quedarme horas mirándolo y conversando con él en mis pensamientos. Me hincaba de rodillas, lo hablaba y oraba para él. Hasta que tocaban el timbre y salía de mi escondite de paz para volver al aula.

Continúa en Amigo invisible





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