Mi techo de cristal 1

Una vez, cómo tantas otras, me encontraba lavando platos en la cocina de mi hogar y mi mente divagaba en reflexiones sobre mi vida, tal vez por eso no me gusta lavar los trastes, porque es una actividad que me hace pensar, pensar libremente y mi mente es traicionera, puede construir un sin fin de ideas, las que no siempre son optimistas, claro! Pero esa vez, puntualmente, recuerdo que me quedó plasmado un cuestionamiento en mi cabeza, ¿Por qué siempre debo ser yo la que debe lavar los platos? ¿Por qué solo yo debo mantener la limpieza de la casa? Corría el año 2018 y aunque el nuevo milenio ya había cambiado hacía muchos muchos años atrás, fue la primera vez en mi vida que me cuestionaba esto y ya estaba viviendo la experiencia de mi segundo matrimonio.

En 2018, había escuchado hablar de feminismo y no con buenas connotaciones. Las feministas eran a imagen de los medios de comunicación de la época, esas mujeres que se desnudaban en las marchas que hacían, reclamando no sé que cosas, al parecer atroces ante los ojos de la sociedad, de pelo pintado de verde o morado, con actitud avasallante y los pechos al aire, quizás algún tatuaje que decorara la piel o un piercing. Así las veía y leía comentarios que las llamaban las feminazis, cómo sacadas del panteón de Hitler de la Alemania de la década del 40.

Esta tarea de lavado de trastes y refregado de pisos, eran las habituales de mi madre que crió a 6 hijos en un matrimonio opresor, tradicional, dónde el padre, el marido, era el proveedor de los recursos económicos, proveedor de la mesa pero privador de mi madre, quien no sabía lo que era estrenar una ropa nueva o darse un gusto; o prohibidor de muchas cosas en la casa, menos de su sagrada siesta.

Fue entonces en ese año, en que decidí anotarme para un ciclo de conferencias separadas del quehacer docente y pedagógico. Motivaciones sobraban, buen puntaje docente, interesantes temáticas, disertantes de alto nivel, algo novedoso y por sobretodo debía viajar y estar ausente de casa por unas horas, que serían mías, absolutamente mías, sin pañales que cambiar, ni mochilas que revisar, ni ropas que lavar, horas mías para desenchufarme del ajetreo diario.
El ciclo de conferencias se llamaba si mal no recuerdo, algo así como El rol de la mujer desde una perspectiva histórica, política y económica...
La cuestión es que estas charlas cambiaron mi vida para siempre. 


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