Agua bendita
Florencia, mi hermana, que había nacido seis años antes que yo, me enseñaba todo lo que podía, desde cómo usar una toalla femenina correctamente hasta cuál es el límite de alcohol que un cuerpo frágil de mujer menuda permite, sin perder la consciencia de las cosas. Ella me decía: “Cuando te empieza a picar la nariz, tené por seguro que con dos vasos más, ya te subirá el alcohol a la cabeza y te picas moderado, después te emborrachas. Así que ya sabes el límite, nunca lo pases. Menos si tu compañía no es de extrema confianza, o si no estás conmigo”. Mi hermana era la niña malcriada de papá, él la adoraba, por lo que mi madre tenía sentimientos en contra. Para mí, ella era como una especie de heroína a quien idolatrar. Yo también la adoraba. A sus dieciocho años ya había tenido dos novios y varios amores fugaces. Las chicas la envidiaban, porque a pesar de la sociedad estructurada en la que vivíamos, ella siempre hacía de la suya y no se reprimía nada, ni en lo que decía, ni en lo que ...