
La profe de música llegó un día al aula con una extraña noticia. En sus manos traía una pila de cuadernillos o revistitas iguales. ¡Qué raro! - me decía yo- si no es la hora de la lectura. Siempre acostumbraba a llegar, saludar y retirarnos del aula hacia la sala de música donde tenía su piano frente a unas tarimas donde nos sentábamos, hacia un lado el grupo de varones y hacia el otro lado el grupo de mujeres. Éramos niños de 10 años y a pocos nos interesaba escucharla. Sin embargo, en esa ocasión; trajo un cancionero para cada uno. Que tenían un amplio repertorio de canciones relacionadas al diluvio universal, de índole católico cristiana. La temática era obvia porque asistíamos a un colegio religioso. Ella nos explicó que debíamos formar un coro. Un coro único e inolvidable, ya que el colegio estaba próximo a cumplir su aniversario número cien y que nuestro grupo de quinto grado era el elegido para homenajear a la institución en semejante acontecimiento. Imagínense tamaña responsabilidad. Era un suceso histórico que quedaría plasmado en los anales de la institución educativa más antigua de la comunidad de Monteros. Y nosotros no teníamos idea de música ni de canto, al menos yo, que era extremadamente tímida para cantar en público. Sí siempre en los actos escolares hacía de personaje secundario, de la china que estaba sentada tomando mate y mirando a las damas antiguas lucirse en sus papeles. Mi papel en las obras siempre era de objeto del decorado o algo así. Tenía pánico escénico.
Con los meses de trabajo fuimos mejorando de a poco.
La señorita Elsa seleccionó a los mejores para el corifeo y nos ordenó de menor a mayor en
las tarimas, o de mayor a menor creo, para que todos pudiéramos lucirnos.
Mandó a confeccionar los uniformes iguales hasta con la misma tela para todos.
Otro gasto más para el bolsillo magro de mi viejo que se llenaba solamente con el
trabajo del día a día en la zapatería.
Los uniformes consistían en minifalda, chaleco y boina de color bordó, y una camisa blanca
con volado en cuello y mangas, zapatos negros bien lustrados y medias blancas
(menos mal que podíamos usar los mismos que llevábamos a la escuela todos los días).
Con cada clase de música íbamos aprendiendo mejor las canciones:
“Paloma de la paz, amiga mía,
paloma de la paz,
surcadora de cielos y esperanzas
siempre anunciabas primavera
en los inviernos crueles sin bonanza…”
Como será que las aprendimos que hasta el día de hoy luego de veinticinco años, las recuerdo.
El día tan esperado de nuestra presentación llegó. Se hacía en un gran teatro de la ciudad.
Estaban invitadas cientos de personas. Entre ellas las autoridades del municipio y de distintas
instituciones. Claro, los cien años del colegio eran motivo de gran festejo.
Llegamos, subimos al escenario y nos acomodamos en las tarimas, yo estaba en la segunda
de arriba porque siempre fui petisa. Abrieron el telón luego de la presentación y pude ver que
todas las sillas del público estaban ocupadas y había hasta personas paradas. El teatro estaba
colmado de gente expectante. Lo que me provocó un cosquilleo extraño en el estómago.
Comenzamos a cantar. Todo de maravilla. La gente aplaudía con cada canción.
Yo siempre fui de presión baja. En la cuarta o quinta canción. Algo comenzó a molestarme
dentro mío. Creo que fue la leche con cereales que había comido en mi casa antes del
concierto. O la emoción, no sé. Pero, cuando estábamos en lo mejor de:
“Se despereza Noé en su ranchito de quincho
Y en el río los carpinchos, saludan al yacaré…”
Mi estómago quiso saludar como el yacaré, no aguantó más y expulsó con fuerza por el
esófago un líquido amarillento, viscoso y espeso que abrió mi boca y fue a dar en la cabeza
de mis compañeras que estaban debajo de mí en las primeras tarimas. Ni la boina que traían
las salvaron de ser manchadas de amarillo. Una de ellas de hermosos rulitos negros fue la más
perjudicada. Colgaban de sus rulitos pedazos de cereales. Todo el mundo pudo apreciar esa
tarde que yo solía merendar con Korn Flex de Kellogs.
Pobre señorita Elsa, con tanto esmero le arruiné el concierto.
Aunque igual terminó siendo inolvidable, con esta escena quedó plasmado eternamente
en la memoria colectiva de la comunidad.
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