¿Cuántos años de fallecido tendrías si no hubieras sobrevivido a ese accidente? Yo 30.



Una mañana en que Doña María no llegó a trabajar, me dirigí al cuartito del planchado y obviamente no la encontré. En ese lugar, había un ropero enorme donde se guardaban cosas misteriosas que sobraban en la casa. Me puse a revisar esas cosas aprovechando su ausencia y descubrí una bolsita pequeña y transparente, que contenía algo así como sal gruesa. Unos granos blancos que lucían exactamente igual a la sal gruesa de la cocina, que solíamos comer con mi hermana Florencia.

Florencia era la quinta de los hijos y nos llevábamos seis años. Con ella compartíamos  travesuras, pero cuando podía verla. Ya que nunca estaba en la casa. Tenía muchas ocupaciones. Hacía deportes. Iba a la escuela. Vivía saliendo con sus amigas. Sólo nos veíamos de a ratos o llegaba tarde, cuando yo ya estaba durmiendo y se acostaba en la cama de arriba de la cucheta. Compartimos habitación muchos años. Yo era su sombra. Seguía sus pasos y sus palabras eran sagradas para mí.

Entonces, tomé unos cuantos granos de la supuesta sal y me los metí en la boca. Pero no sabían exactamente igual. Estaban muy feos. Amargos y ácidos al mismo tiempo. No tenían nada de sal. No recuerdo si los tragué. Creo que sí. Porque si no habría sido así, los médicos del hospital no se hubieran preocupado tanto.

Comencé a vomitar una especie de espuma. Para no ensuciar el piso porque mi madre se enojaría, aguanté el vómito hasta llegar a una rejilla en el patio y allí lancé mucha espuma blanca. Después de eso se bajó el telón negro de mi consciencia y mis ojos no volvieron a abrirse hasta no sé cuántas horas después en una sala del hospital.

Abrí mis ojos al sentir como una manguera finita y transparente penetraba mi garganta y raspaba mi esófago. Quería vomitarla y no podía. Me desesperé y le lancé un golpe de puño a la enfermera que estaba frente a mí, haciendo su trabajo. Con la suerte de darle en la cara. Mi madre se enojó y me sostuvo fuerte. Las lágrimas corrían por mis mejillas debido a la impotencia de no poder gritar, porque si lo intentaba más ardor sentía en mi garganta y más dolor en mi estómago. Cuando al fin me tranquilicé volví a dormirme.

No sé con exactitud cuántos días permanecí allí. Tal vez los suficientes para entender que lo que había hecho, había sido muy grave y que esos granos de sal que yo creía que eran, se habrían llevado mi vida si no hubiera sido porque mi mamá llegó más temprano a casa ese día y me encontró tirada en el piso del patio, con la boca llena de espuma. En mi inocencia había atentado contra mi vida sin saberlo. Ese veneno era soda caustica y hasta el día de hoy, no sé por qué o para qué mi mamá la tenía escondida en ese ropero. Creo que sirve para destapar cañerías y les aseguro que funciona a la perfección porque mis tubos gástricos son testigos de eso.

Como consecuencia de dicho episodio por varios meses no pude alimentarme bien. Bajé de peso y  aunque eso no era triste para mí, pues odiaba comer; para mis padres era alarmante. Por lo que mi abuela Clarita volvió de Córdoba, donde estuvo viviendo por unos años con su hermana mayor, mi tía Amelia, con quien no se llevaba nada bien, pero se necesitaban la una a la otra. Pues estaban solas. Tanto ella como mi tía habían enviudado jóvenes.

Mi abuela se vino a vivir en casa por un tiempo, para cuidarme. Imagino su preocupación por mí, ya que se llevaba pésimo con mi madre. Mi padre era el hijo único del matrimonio y la influencia de su madre siempre fue muy fuerte.

Se instaló en el cuartito del frente, al lado de la cocina.


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