Amigo invisible


Mis visitas a la capilla tenían que ver con una búsqueda personal de paz y sosiego en la fe, que se alejaba de mi mente instigadora de maldad. Estaba muy lejos de ser una santa o una niña buena.

Una vez, en cuarto grado, llegó un compañero nuevo a nuestro grupo, a quien prontamente lo apodamos “mono”. Obvio, por la cara de mono que tenía.

Estábamos en el mes de Julio. Y en un arranque de pura maldad, a mí se me ocurrió una broma para el día del amigo invisible, que es un juego donde todos los miembros del grupo toman un papelito (sin mirar) donde se encuentra escrito el nombre de su amigo invisible, a quien hay que darle un regalo. Los requisitos son: debe estar envuelto en papel de diario y depositarlo debajo del pupitre del destinatario. Ninguno queda sin su regalo, pero ninguno puede saber quién es el que lo obsequia.  

En esa ocasión, a mí me tocó en mi papelito el nombre de “Juan Carlos” que era “mono”, y se me ocurrió la genial idea de envolver como regalo una “banana”.

Éste en su ilusión quebrantada tuvo que sacar una sonrisa forzada al descubrirla, mientras todos se reían a carcajadas.



Esta niña mala tiene otras víctimas: "Feliz día de los inocentes"

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