FELIZ DÌA DE LOS INOCENTES
Todas
las tardes al regresar del colegio solía buscar a mis amigas del barrio para
charlar y pasar el tiempo juntas. Nos reuníamos a dos cuadras de casa en la
playa de estacionamiento de los departamentos, en un lugar al que llamábamos
“El mástil”. Allí había una construcción con un mástil abandonado. Jamás vimos
que le hayan izado una bandera. Pero servía como nuestro lugar de encuentro.
Esa
tarde, un 28 de Diciembre de 1999 estábamos allí, Mariana, Cinthia, Mery, Mica y
yo, conversando. De golpe a mí me dio deseos de ir al baño y Mery me acompañó a
casa. En realidad era parte de un acuerdo, para buscar de casa un elemento
maligno que sirva de broma para el festejo de ese día tan especial.
Noches anteriores, Mery y yo habíamos diseñado un plan perfecto para el Día de los Santos Inocentes. El que consistía en recoger la mayor cantidad posible de pequeños cascarudos marrones (insectos), dispersos en el piso de la plazoleta, frente a mi casa, al lado de la escuela. Guardarlos en un frasco. Colocarle la tapa. Dejar que se asfixien y mueran. Luego, preparar caramelo casero. Que es azúcar quemada. Cuando se la quema se pone de color marrón, del mismo tono que el de los cascarudos. Bañarlos en ese caramelo. Dejarlos enfriar y colocarlos en una bolsita vacía de garrapiñadas. Los que conocen la garrapiñada saben que es una golosina de maní azucarado del mismo tono que nuestro invento maléfico. Seguimos el plan paso a paso. Compramos las garrapiñadas. Nos las comimos. Guardamos la bolsita vacía y también conservamos una cerrada para degustar frente a las demás comensales y así no provocar sospechas. Buscamos los utensilios y preparamos todo. Salió a la perfección.
Buscamos
lo que ya teníamos elaborado y regresamos al mástil, donde estaban esperándonos
las otras chicas. Yo llevaba la bolsita preparada y Mery la otra, que era la
original. Comimos frente a ellas y llegó el momento de convidar. Primero le
ofrecimos a Mica que se llevó el dulce a la boca inmediatamente. Lo habrá
saboreado un rato hasta que lo mordió y allí sintió el sabor amargo. A Cinthia también le dimos. Ella ni cuenta se dio de nada. Lo comió sin problemas. Mariana sí se dio cuenta y comenzó a escupir detrás del mástil, pero ninguna
se atrevió a preguntar qué era lo que pasaba con esas garrapiñadas. Mery no
aguantaba la risa. Se le escapa por los oyuelos preciosos de su cara.
-¿Qué
pasa? ¿Están feas?- pregunté.
-Están
amargas. Un asco. – dijo Mica sacándose el insecto acaramelado de la boca con
los dedos.
-¡Qué
raro! Éstas están bien. ¿Quieres una? – le ofrecí de la otra bolsa extendiendo
mi brazo hacia ella.
-No
gracias. Ya me tengo que ir a casa. Nos vemos mañana.- dijo Mica moviendo la
cabeza de un lado a otro y exhibiendo un gesto de asco.
Nos
miramos con Mery y cómo si nos comunicáramos con telepatía, estuvimos en
acuerdo de no decir nada y guardarnos el secreto de la travesura.
También
nos despedimos y nos volvimos a casa. Caminamos lo suficientemente lejos de ahí
y ya no pudimos contener más las carcajadas. Nos reímos hasta las lágrimas. No
niego que sentimos un poco de culpa por lo realizado, pero fue una anécdota
inolvidable en nuestro repertorio de maldad. Sobre todo en el mío. Ya que, era
yo la que instigaba la oscuridad de Mery.
El
plan fue más que perfecto, porque yo había mancillado la inocencia de Mery y
ese acto coronaba el sentido de aquel día.

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