La puerta cerrada

 


Ellas son Gabriela y Nadia. Son hermanas. Gabriela tiene diecisiete años. Nadia, tiene once. Compartían habitación hasta hace unas semanas atrás que Gabriela comenzó a ocupar la habitación del frente y la pintó con su color preferido, la decoró a su gusto y le puso cortinas a tono. No lo había hecho antes porque esa habitación estaba ocupada por Sixto, el hermano mayor a ellas, pero el menor de los varones. Sixto se fue a vivir con su novia ni bien terminó la secundaria. Todos sueñan con irse de casa ni bien tengan la primera oportunidad. Es que las peleas recurrentes entre los padres generan un ambiente hostil para la familia. Pero, ese no es el caso. El caso es que Gabriela está buscando sentirse mejor y tener un poco más de independencia y separarse un poco de Nadia, quien también necesita su propio espacio.

Una tarde, Nadia estaba en la playa de estacionamientos de los departamentos, jugando al vóley con sus amigas, ya estaba oscureciendo y decidió volver a la casa. No distaba mucho más de dos cuadras. Llegó, entró y estaba todo en penumbras, al parecer Gabriela no había vuelto de la escuela. Encendió las luces y subió las escaleras para ver si en la planta alta, donde estaban los dormitorios, no estaba Gaby. Arriba también había un absoluto silencio y oscuridad.

Encendió las luces del baño que iluminaban el hall y notó que la puerta de la nueva habitación de su hermana estaba cerrada. Intentó abrirla sin éxito. Estaba con llave. Miró por el cerrojo y se dio cuenta que la llave estaba puesta por dentro. Golpeó la puerta y llamó a su hermana por su nombre. Nadie le contestó. Una especie de miedo comenzó a apoderarse de ella. Golpeó otra vez y nada. No respondió nadie. Trató de no pensar mal, tal vez Gaby estaba durmiendo o estaba con su novio encerrada. Entonces, se fue a su pieza y se acostó un rato. Pero, dejó entreabierta esa puerta para ver hacia la otra puerta de la habitación del frente cuando ésta se abriera.

De repente, se escuchó que alguien abrió con fuerza la puerta de entrada de la casa, y comenzó a subir la escalera rápidamente, a la vez que gritaba a viva voz: “Gaby, Gaby, Gaby”. Era su hermano mayor quien avizoró el peligro y llegó al auxilio. Esta es la escena que Nadia vio desde el ángulo donde se encontraba:

Su hermano golpeaba con fuerza la puerta y nadie contestaba. Gritaba y nadie contestaba. Pateaba la puerta y nada. Aunque era fortachón y había aprendido judo, sus golpes a la puerta no la hacían ceder. Vino el otro hermano. Y juntos pudieron forzar la cerradura. Cuando esa puerta se abrió. Se encontraron con un panorama desolador. Gaby estaba tirada entre la cama y el piso. Pálida como una hoja. Y cerca de ella había blísteres de pastillas vacíos. Pastillas relajantes que mamá solía comprar para aplacar las tristezas después de las discusiones con papá. Eran dos blísteres.

Nadia no se atrevió a acercarse. No se atrevió ni siquiera a moverse. Solo miraba por la puerta entreabierta de la otra habitación como sus hermanos sacaban el cuerpo de su hermana, desvanecido. Y lo trasladaron por las escaleras hacia la planta baja. No hicieron ni el intento de llamar a la ambulancia ni a la policía ni nada. Tenían la camioneta afuera, gracias a dios. La subieron sin titubear y se la llevaron al sanatorio más cercano.

Nadia se quedó mirando esa puerta sin poder moverse. Sin poder reaccionar. Tuvo un mareo y se le nubló la vista. Al rato un fuerte dolor de cabeza. Como si le clavaran cuchillos en la cien. Desde ese día, las migrañas son recurrentes y no tienen ninguna explicación médica. Aunque ya es adulta, surgen de la nada cada tanto con el mismo proceso. Primero un mareo, luego se le nubla la vista por unos minutos y después viene el dolor de cabeza insoportable. Los neurólogos le dijeron que es hereditario. Pero, ella sabe cuándo fue la primera vez que se le presentó.

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