El llanto

 


Me quedaban diez minutos para la llegada del próximo colectivo. Estaba a tiempo para esperarlo, pero ya no para ir al baño. Había cola en la boletería para cargar la tarjeta y me quedaba poco saldo, al igual que el dinero. Ayer había llegado con lo justo. Y no me sobró crédito. No me quedaba de otra que hacer la cola.

Frente a mí, una señora mayor estaba cargando su saldo.

-No señora, escuche bien. Esa tarjeta está con saldo negativo. Si usted carga los veinte pesos, se le debitará y no le alcanzará para el próximo viaje. Necesita ponerle más. – le escuché decir a la chica de la boletería.

-Pero es que no tengo más mijita. Yo necesito volver a mi casa.

- ¿Y cuánto tiene usted? ¿No tiene más? No va a poder viajar señora. Yo no puedo hacer nada.

Ese yo no puedo hacer nada se me clavó como un cuchillo en el pecho. Entonces, metí la mano en el bolsillo y saqué mis últimos cuarenta pesos, los miré y volví a meterlos donde estaban, pensando en que estaban en realidad, destinados al sándwich que le compraba a Nahuel cada vez que llegaba, porque seguramente, ese día el niño, tampoco había podido comer en su casa e iría a la escuela con hambre. 

Son esos segundos que no sabes si ser o no ser, si hacer o no hacer, te da vergüenza y rabia a la vez. Se te vienen todos los pensamientos a la cabeza. La desigualdad. La injusticia. Esa señora podría ser mi mamá. Los gobiernos de mierda. La pobreza. Los que tienen de más y nunca vivirán una situación como esta. Todo se me mezclaba dentro como un torbellino.

La señora agachó la cabeza, se dio la vuelta compungida y se retiró caminando hacia no sé dónde. Hice mi carga con el dinero que tenía separado para el boleto de todos los días. Y que separaba cuando cobraba el sueldo de la escuela. Pesito por pesito, día por día, porque de lo contrario, uno no puede ir a trabajar. Mientras, hacía la carga miraba para atrás de a ratos, para seguir con la vista a la señora que se había ido. La buscaba con la vista. Con bronca y dolor. Mi mente me decía “Puede ser tu mamá que anda así dando vueltas sin poder volver a casa”.

Por fin la vi, y salí corriendo para alcanzarla. ¡Tenía miedo que se me perdiera de vista y habría perdido así a mi mamá! Como si perderla de vista tenía que ver con perder el corazón. Cuando me acerqué a ella no me salían las palabras. La miré y con unas tremendas ganas de abrazarla, solo la miré a los ojos y le dije:

-Señora, disculpe. Tome. – y le extendí en mi mano esos últimos cuarenta pesos. Con mucha vergüenza le dije -Disculpe no poder darle más, al menos podrá llegar a la casa.

La señora me miró y no sabía qué responderme: -Gracias. Gracias mijita que Dios la bendiga.

Le apreté la mano y le dije. – No se preocupe. Que esté bien.

Y seguí caminando hacia la plataforma del colectivo que ya estaba ahí levantando a la gente. Por poco lo pierdo. Por poco pierdo también mi humanidad. Si llegaba a dejarla ir a esa señora sin ayudarla, tal vez no me lo habría perdonado nunca.

Subí al colectivo a las apuradas porque ya se estaba yendo. Anuncié mi destino con la voz entrecortada. El llanto estaba apoderándose de mí. Me senté en el asiento que daba a la ventanilla casi en el medio. Y no pude contenerme más. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Lágrimas amargas llenas de impotencia. Impotencia de no poder cambiar el mundo. Impotencia de saber que las necesidades de las personas son muchas y no pueden cubrirse de buenas acciones. Que lo poquito que yo haga hoy no alcanza, porque estoy en la misma. Porque, tal vez esa señora volvería a su casa con su familia y no andaría deambulando por ahí hasta que tuviera el coraje de enfrentar la vergüenza de andar pidiendo. Pero, ese día al llegar a la escuela no tendría cómo comprarle el sándwich a Nahuel. Al alumnito que siempre va a clases sin haber comido y prefiere estar toda la tarde en la escuela, hasta cuando no hay profesores, porque es el mejor refugio y porque cualquier lugar para él, es mejor que estar en casa.   

 

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