El primer sufrimiento: nacer


Elegí nacer un día feriado, el día de la bandera, 20 de Junio, en mi país, inamovible, lo que quiere decir que caiga el día que caiga, ese será el feriado. El día en homenaje al paso de la inmortalidad del General Manuel Belgrano, de quien heredaría mis ideales más preciados. Así que desde la cuna, ya llegué privilegiada, siempre puedo festejar mis cumpleaños porque al ser feriado, no hay que ir a la escuela, tampoco trabajar. En cambio para mi madre ese día era el peor: las contracciones se hacían cada vez más intensas y el parto se acercaba. Sin embargo, ella y el hospital estaban separados por dos kilómetros de distancia. Para colmo de males, al haberse adelantado mi llegada, ni una ropita, ni un bolso con el camisón, la toalla, las pantuflas, ropa interior, ajuar del bebé, un recibidor, elementos de higiene personal, pañales, nada de eso estaba listo, nada. Quizás ella me esperaba sin esperanzas, a esa altura de su vida con cuarenta años y cinco hijos, estaba condenada a parir sin alegrías. Resignada.
Mi hermano mayor, Emiliano, tomó su bicicleta y se encaminó con todas sus fuerzas, pedaleando rumbo al hospital para pedir la ambulancia. La que nunca llegó, por motivos confusos, un accidente anterior a esto, o por falta de combustible, no lo sé, la cuestión que no llegó. Yo creo que por ser feriado y a la hora de la siesta el chofer no estaba disponible.  Entonces, mi madre que era una mujer de coraje se dejó llevar en el asiento de atrás de la bicicleta de paseo de mi hermano que había regresado rápidamente. Y a duras penas, llegaron a destino. Con el apuro se olvidaron el bolso y las cosas, que como ya lo había dicho, ni siquiera preparadas estaban y tuvo que ir un solidario enfermero del hospital a buscarlas en su vehículo a mi casa.
Mi padre brillaba por su ausencia, como no era día laborable, dormía en su cama su siesta imperdible, luego de beber varios vasos de vino rosado después del almuerzo. Por lo que, fue mi hermana mayor, Alma, la que tuvo la tarea de recoger las cosas necesarias y enviárselas a través de este amable mensajero, a mi madre que gritaba de dolor en una  camilla del hospital.
Mi llegada no fue sencilla, mucho menos la fecundación, hacía seis años que mi madre se había hecho un ligamiento de trompas y era casi imposible que quedara embarazada.  Igual llegué, vaya a saber porque motivo de la ciencia o de la naturaleza aparecí en este mundo. A veces fantaseo pensando que será por algún orden divino y que mi misión en este mundo debe ser muy importante para que Dios se haya encaprichado en enviarme a esta familia y a esta tierra. Más allá de que todavía no haya descubierto cuál será esa misión, me mantiene con esperanzas. Parece absurdo pero así lo siento.
Yo sé que mi madre me odió desde el primer momento, pero por los mandatos sociales de deber de la mujer de tener hijos y servir a su marido, nunca supo oponerse a los designios de la vida. Hacía mucho tiempo que ella debía haberse divorciado, ya que el matrimonio con mi padre era insostenible e insoportable. La violencia y el maltrato tanto físico como psicológico y verbal estaban a la orden del día. Sé también que me tuvo por obligación moral, ya que se había convertido en mártir por el amor a sus hijos. Por eso, no me mostraría malos sentimientos sino hasta llegada la adolescencia cuando yo también fui mamá.  Cuando me hice adulta y en mí se reflejaba la mujer que ella nunca pudo ser.

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