Buenas costumbres
Como
mis hermanos mayores habían sido participes necesarios de mi llegada a este
mundo, fueron mis padrinos de bautismo. Corría el año 1985 y en esta pequeña
ciudad las costumbres estaban ligadas a los designios del clero, si tu familia
pretendía ser una familia de bien. Ir a misa todos los domingos, confesarse
cada tanto y realizar todos los sacramentos. A medida que los niños iban
creciendo, eran evangelizados primero en la familia, luego en el colegio
católico en conjunción con la iglesia principal. Participar de retiros
espirituales, eventos religiosos, días festivos en conmemoración a la virgen
del Rosario, patrona de la ciudad, todos los 5 de octubre. Los niños se vestían
de angelitos para escoltar a la virgen en la procesión a la que todo el pueblo
acudía en la plaza principal y en las calles más importantes. Si tu hijo o hija
era uno de esos angelitos ¡qué orgullo! Seguro tenías ganadas las puertas del
cielo o al menos las de la iglesia. Como costumbre se arrojaban pétalos de rosa
cuando la Vírgen hacía su aparición en las puertas de la iglesia. Siempre me
preguntaba de donde habían sacado y mutilado tantas rosas roja y rosada para
este evento, que por cierto eran naturales al cien por ciento.
Recuerdo mi infancia
signada por estos acontecimientos. La preparación para la primera comunión. Por
dos años yendo a las clases de catequesis los sábados por la mañana. Momentos
que odiaba por tener
que levantarme temprano, el día que justamente no tenía
clases en el colegio. Mis manos se
entrelazaban en los barrotes de la cama y mi
madre me tironeaba hasta hacerme claudicar en mis
esfuerzos por quedarme a
dormir un poco más. Me vestía semi dormida, me lavaba la cara, me peinaba
con
las gomillas sujetándome fuertemente el cabello porque a las monjas y señoritas
catequistas no les
gustaba ver que una niña buena y bonita tuviera el cabello
sobre los ojos. Aunque, la rebeldía no se
hizo esperar y años después antes de
terminar la primaria, ya me había teñido el pelo de rojo,
haciéndome un corte donde el flequillo caía sobre la frente y me paseaba por los pasillos
del colegio
mostrando mi nuevo look. Para ese entonces, año 1996 las monjas
manejaban el colegio desde sus
hogares y habían designado docentes que las
suplieran.
CONTINÚA EN primera comunión


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